Las recientes declaraciones del ministro principal de Gibraltar, Fabián Picardo, sobre el futuro sistema de controles tras la caída de la Verja han encendido el debate. En una entrevista con El Confidencial, Picardo avanzó que los controles físicos desaparecerán del puerto, como se creía originalmente, y tan solo existirán en el aeropuerto. En ese sentido, Picardo comentó que los controles en el puerto serán sustituidos únicamente por un sistema electrónico, en el que los viajeros declararán su llegada de forma telemática y solo en el caso de sospecha se realizarán inspecciones en el aeropuerto.
Este modelo, que podría ser fácilmente manipulable, implica en la práctica la ausencia de vigilancia directa en el puerto. Una circunstancia que plantea dudas evidentes. Sin controles físicos en uno de los principales puntos de entrada, el riesgo de que se convierta en un coladero resulta difícil de ignorar.
Además, la propuesta de trasladar a los integrantes de pequeñas embarcaciones que provengan de terceros países al aeropuerto para su inspección, añade interrogantes sobre la viabilidad y la eficacia del sistema.
Bajo la promesa de modernización, el plan deja abierta una cuestión clave sobre si la digitalización puede garantizar el mismo nivel de control que la presencia física sobre el terreno.
A este escenario se suma otro factor clave: la desaparición de la verja física como elemento de control fronterizo histórico. Sin esa barrera y con un sistema basado exclusivamente en declaraciones electrónicas y controles selectivos, el margen para eludir la supervisión es amplio.
En este contexto, la combinación de un puerto sin controles presenciales y la ausencia de una verja efectiva, dibuja un escenario especialmente sensible. La posibilidad de acceder sin una verificación real sobre el terreno no solo cuestiona la eficacia del modelo, sino que alimenta el temor de que Gibraltar pueda convertirse en una vía de entrada ilegal exitosa al espacio Schengen.