Durante años, María Jesús Montero fue presentada dentro y fuera del PSOE como una dirigente prácticamente intocable. Controlaba el Ministerio de Hacienda, coordinaba buena parte de la acción política del Gobierno, presidía Consejos de Ministros en ausencia de Pedro Sánchez y ejercía además como número dos del partido a nivel federal. Su influencia dentro del Ejecutivo y de Ferraz era tan grande que varios medios nacionales llegaron a definirla como “la mujer más poderosa de la democracia española”.
Hoy, apenas unas semanas después de abandonar el Gobierno para intentar recuperar la Junta de Andalucía, esa misma dirigente se encuentra al frente del mayor desastre electoral del socialismo andaluz desde la Transición. El PSOE-A cayó el 17M hasta los 28 escaños, perdiendo incluso los malos resultados obtenidos en 2022 y confirmando el derrumbe de una federación que gobernó Andalucía durante casi cuatro décadas.
La imagen que dejó la noche electoral simbolizó el momento político del socialismo andaluz. Mientras el partido intentaba contener la magnitud del golpe, Montero evitó comparecencias largas, esquivó preguntas incómodas y terminó abandonando la sede socialista sevillana por una puerta trasera después de una reunión interna marcada por la tensión.
Del “volveré como presidenta” al peor resultado de la historia
La caída resulta todavía más dura por el tono de la propia campaña socialista. Apenas unos días antes de las elecciones, Montero lanzaba mensajes de absoluto optimismo en sus mítines.
“Quedan horas para que vuelva aquí como presidenta de la Junta de Andalucía”, proclamó durante un acto en Cádiz convencida de que podía dar la sorpresa frente a Juanma Moreno.
La realidad fue radicalmente distinta. El PSOE no solo no logró acercarse al PP, sino que firmó el peor resultado de toda su historia en Andalucía. La formación perdió peso porcentual, se quedó lejos del bloque de la derecha y confirmó que ya no moviliza como antes a su electorado tradicional.
Dentro del partido hay dirigentes que reconocen que la campaña nunca terminó de conectar con la ciudadanía y que la imagen de Montero seguía demasiado vinculada al desgaste nacional del Gobierno de Pedro Sánchez.
El rostro del sanchismo en Andalucía
Ferraz convirtió a Montero en la gran apuesta socialista para intentar recuperar Andalucía. Su desembarco se presentó como una operación de alto nivel político: una ministra con experiencia, capacidad mediática y peso interno suficiente para reconstruir el partido.
Pero la estrategia terminó generando el efecto contrario.
Muchos militantes y antiguos dirigentes consideran que el PSOE andaluz dejó de parecer un proyecto propio para convertirse en una prolongación de Moncloa. Durante la campaña, la candidata nunca consiguió desligarse del desgaste del Gobierno central ni de las polémicas acumuladas por el sanchismo durante los últimos años.
La propia Montero había sido durante meses una de las voces más contundentes del Ejecutivo. Desde el Ministerio de Hacienda defendió subidas fiscales, pactos territoriales y decisiones económicas muy cuestionadas por la oposición y por parte del tejido empresarial.
Además, su etapa al frente de Hacienda quedó marcada por varias controversias políticas, desde la financiación singular de Cataluña hasta las críticas por el rescate de Plus Ultra o la gestión de organismos públicos dependientes del ministerio.
La frase que incendió la campaña
Uno de los momentos más polémicos de la campaña llegó durante el debate electoral en Canal Sur, cuando Montero se refirió al asesinato de guardias civiles en Huelva vinculados al narcotráfico como “accidentes laborales”.
La frase provocó una enorme polémica política y una oleada de críticas desde sindicatos policiales, asociaciones vinculadas a la Guardia Civil y partidos de la oposición, especialmente en una comunidad donde el narcotráfico y la presión criminal sobre las fuerzas de seguridad llevan años generando preocupación.
La candidata socialista intentó trasladar condolencias a las familias, pero el término utilizado terminó convirtiéndose en uno de los episodios más cuestionados de toda la campaña.
Zapatero, el “talismán” que terminó imputado
Otro de los elementos que más daño ha hecho políticamente al PSOE tras las elecciones ha sido la estrecha relación de Montero con José Luis Rodríguez Zapatero durante toda la campaña andaluza.
El expresidente participó en varios mítines socialistas junto a Pedro Sánchez y la propia candidata, convirtiéndose prácticamente en uno de los principales rostros de la campaña.
Montero llegó incluso a presentarlo públicamente como su “talismán”.
“Qué suerte tiene este partido de tener un militante como Zapatero”, dijo durante un acto político en Jaén.
En otro mitin fue todavía más lejos:
“Cuando deje de ser presidenta quiero ser como Zapatero. Es un hombre bueno, mi espejo”.
Las imágenes y declaraciones cobraron todavía más repercusión tras conocerse la imputación del expresidente en la investigación relacionada con el rescate de Plus Ultra.
Aunque el PSOE intenta separar ambos asuntos, dentro del partido existe preocupación por el impacto político y mediático que la investigación judicial pueda seguir generando sobre figuras históricas del socialismo.
Un PSOE cada vez más debilitado territorialmente
La derrota andaluza no se interpreta en Ferraz como un caso aislado. El PSOE acumula retrocesos electorales en varios territorios estratégicos y muchos dirigentes empiezan a asumir que el partido atraviesa una crisis de identidad y liderazgo.
Extremadura, Aragón, Castilla y León y ahora Andalucía reflejan un mismo patrón: desgaste del Gobierno central, pérdida de implantación territorial y desconexión con parte del electorado tradicional socialista.
La preocupación también empieza a trasladarse a provincias como Cádiz y al Campo de Gibraltar, donde el PSOE necesita recomponer estructuras locales y recuperar credibilidad política de cara a las próximas municipales.
Municipios como La Línea, Algeciras, San Roque o Los Barrios serán determinantes para medir hasta dónde llega el deterioro electoral socialista en el sur de Andalucía.
Montero se queda, pero las dudas crecen
Pese al resultado histórico, María Jesús Montero ha decidido mantenerse en primera línea política y liderar la oposición en el Parlamento andaluz. Renunciará a su escaño en el Congreso para centrarse exclusivamente en Andalucía, aunque evitó aclarar si repetirá como candidata en el futuro.
“Voy minuto a minuto, partido a partido”, respondió tras las elecciones al ser preguntada sobre su continuidad.
Dentro del PSOE, sin embargo, cada vez son más las voces que dudan de que pueda liderar una reconstrucción política después de haber firmado el peor resultado del partido en la comunidad donde el socialismo fue durante décadas prácticamente hegemónico.
Porque el golpe electoral de Montero ya no se interpreta solo como una derrota autonómica. Para muchos dirigentes y militantes simboliza algo mucho más profundo: el desgaste progresivo de un modelo político que concentró poder institucional, control orgánico y protagonismo absoluto alrededor de Pedro Sánchez y su núcleo duro.
Y en esa caída, la dirigente que durante años fue presentada como “la mujer más poderosa de la democracia” ha terminado convirtiéndose en la imagen más visible del desplome socialista en Andalucía.