Hace más de 2.000 años, la llegada de la primavera no solo suponía un cambio de estación, sino también el reinicio de la actividad en buena parte del Mediterráneo. Tras los meses de invierno, considerados de mayor riesgo para la navegación, los barcos comenzaban de nuevo a surcar las aguas y devolvían el movimiento a enclaves decisivos del Campo de Gibraltar.
Autores de época romana como Vegecio dejaron constancia de que la navegación más segura se concentraba en la temporada favorable, una circunstancia que condicionaba el comercio, las comunicaciones y la circulación de personas en el Imperio. Ese calendario marítimo hacía que la primavera se convirtiera en un momento clave para la recuperación del tráfico naval y del intercambio económico.
En ese contexto, Carteia, asentada en el actual término de San Roque, recuperaba protagonismo con la vuelta de las travesías por el Estrecho de Gibraltar. La ciudad obtuvo en el año 171 a. C. el rango de colonia latina, convertida en la primera de este tipo fuera de Italia, y su posición en la bahía la situó como un punto estratégico entre el Atlántico y el Mediterráneo.
Con la reapertura estacional del mar regresaban también los cargamentos de salazones, aceite y vino, productos esenciales en las redes comerciales antiguas. Volvían los mercaderes, se activaban los intercambios y se restablecían vínculos entre territorios que durante semanas habían quedado más aislados por el mal tiempo y las limitaciones técnicas de la época.
La Bahía de Algeciras ya desempeñaba entonces una función geográfica decisiva. Su ubicación, a las puertas del Estrecho, convirtió a este espacio en una zona de paso y conexión desde la Antigüedad. Por eso, para Roma, abril no era únicamente el inicio de la primavera: era también el arranque de un nuevo ciclo de actividad, comercio y comunicación en el extremo sur del Imperio.