El 23 de febrero de 1981 la historia dio un vuelco inesperado. Mientras en Madrid la Guardia Civil irrumpía armada en el Congreso de los Diputados, en el Campo de Gibraltar comenzaban a sucederse llamadas, reuniones urgentes y decisiones que marcarían una de las noches más tensas de la Transición. La noticia llegó con rapidez a la sede del Gobierno Militar en Algeciras, donde se activó un protocolo de espera ante la falta de instrucciones claras desde instancias superiores.
La salida de los tanques en Valencia por orden del teniente general Milans del Bosch confirmó que el país afrontaba una situación crítica. En la comarca, las tropas quedaron acuarteladas, a la espera de órdenes, mientras la incertidumbre crecía entre autoridades civiles, sindicatos y partidos políticos.
Ofrecimientos civiles y tensión en las calles
En pleno desconcierto, dirigentes locales de Fuerza Nueva acudieron al Gobierno Militar ofreciendo un grupo de hombres para “asegurar” la ciudad. Según testimonios de la época, la propuesta fue rechazada de manera firme pero diplomática, al considerarse que cualquier actuación debía ser exclusivamente militar.
Sin embargo, la movilización civil fue evidente. En la calle Convento, frente al Ayuntamiento, comenzaron a concentrarse simpatizantes de organizaciones ultraderechistas. La presencia de grupos lanzando consignas y mostrando apoyo al levantamiento incrementó la preocupación institucional.
El Ayuntamiento, símbolo de resistencia
El equipo de gobierno municipal, encabezado entonces por el alcalde Paco Esteban, decidió permanecer dentro del Consistorio. Durante horas, los concejales mantuvieron comunicación constante con la dirección nacional del Partido Comunista y con el Gobernador Civil.
La situación era delicada. No se lograba contacto directo con los mandos militares de la zona ni con la Policía Nacional, lo que generaba una sensación de aislamiento absoluto. Finalmente, efectivos de la Policía Local leales al orden constitucional se posicionaron en la entrada del edificio para evitar cualquier intento de asalto.
Aquella decisión convirtió al Ayuntamiento en un símbolo local de la defensa democrática.
Sindicatos y temor a represalias
El impacto del 23-F también alcanzó al movimiento sindical. Desde Comisiones Obreras en Algeciras se ordenó retirar y proteger documentación sensible, como listados de afiliados y actas internas.
El temor a posibles represalias llevó a algunos vecinos vinculados a partidos de izquierdas a intentar salir del país. Se produjeron desplazamientos hacia el norte de África hasta que los ferris fueron suspendidos. Incluso hubo intentos de dirigirse a Gibraltar, aunque la verja permanecía cerrada en aquel momento.
En los bares del centro, la incertidumbre convivía con muestras explícitas de apoyo al golpe por parte de algunos grupos, lo que aumentaba la tensión social.
La postura militar en Andalucía
El capitán general de la región militar de Andalucía, Pedro Merry Gordon, rechazó sumarse al levantamiento. Su negativa a secundar las órdenes de Milans del Bosch fue determinante para contener la expansión del golpe en el sur del país.
Mientras tanto, en el Campo de Gibraltar las unidades permanecieron en sus cuarteles. La ausencia de movimientos extraordinarios fue interpretada con cautela por las autoridades civiles, que seguían sin información clara sobre la evolución de los acontecimientos en Madrid.
El mensaje del Rey y el alivio colectivo
La comparecencia televisada del Rey Juan Carlos I, defendiendo el orden constitucional y la legalidad democrática, supuso un punto de inflexión. Antes incluso de su intervención pública, algunas fuentes internacionales ya apuntaban al fracaso del intento de golpe.
Con el paso de las horas, la tensión comenzó a remitir. El intento de asonada no prosperó y la democracia española superó una de sus pruebas más críticas.
Milans del Bosch y su estancia en la comarca
Tras la condena por su participación en el golpe, el teniente general Jaime Milans del Bosch fue confinado durante un tiempo en un chalet conocido como “La Huerta del General”, situado en Pelayo, en el término municipal de Algeciras.
Su presencia generó polémica y atrajo la visita de simpatizantes y figuras vinculadas al franquismo. El Ayuntamiento expresó formalmente su desacuerdo al considerar que no era el lugar más adecuado para el confinamiento de un condenado por sedición.
Durante aquellos meses, se registraron movimientos y ajustes en distintos regimientos con presencia en municipios como La Línea de la Concepción, San Roque y Tarifa, en un contexto aún marcado por la vigilancia y la prudencia institucional.
Más de cuatro décadas después, el 23-F sigue siendo una fecha clave en la memoria democrática del Campo de Gibraltar. Aquella noche, la comarca vivió horas de inquietud, pero también dejó constancia de la firmeza de sus instituciones y de una ciudadanía que, pese al miedo, no vio interrumpido el camino hacia la consolidación democrática.