La muerte del Papa Francisco ha dejado una huella profunda en millones de personas, entre ellas el poeta algecireño José Luis González, autor de una emotiva misiva que hoy se convierte en testimonio de afecto y admiración. En su escrito, recuerda con pesar no haber podido reencontrarse con el pontífice tras una visita al Vaticano realizada poco antes de que enfermara.
En ese viaje, González planeaba ver al Papa al día siguiente, pero optó por regresar con su familia, porque con él se encontraban su mujer y sólo una de sus dos hijas, esperando una nueva ocasión que, lamentablemente, ya no llegará. Conmovido por el estado de salud del Santo Padre, escribió un texto titulado “Luz”, dedicado a su figura, que fue entregado al Vaticano junto con otros escritos personales y que, al parecer, llegó a manos de Francisco.
La carta agradece a la Santa Sede y al entorno del Papa por haber acogido con generosidad sus palabras y gestos de cariño, reflejo del espíritu humano, cercano y luminoso que siempre caracterizó al pontífice argentino.
El poema “Luz”, concebido como un tributo íntimo, trasciende ahora como símbolo universal de admiración a una figura que marcó una era.
Cálido y reconfortante,
amanece como un río
color plata.
Nace la luz en el agua,
y el agua encuentra la luz
para volverse incalculable.
Un espejo
atraviesa las retinas,
transformando el corazón
en una fuente de colores.
Aquella luz impenetrable,
que había sido olvidada,
se revela ante sí misma
sin preguntar
si el mundo la merece.
Pero aquí está,
es parte de nosotros:
puente convertido
en gota bendecida,
frente a un desierto
interminable.
Toda verdad
que se revela,
la lleva la luz en el alma,
devorando ignorancias,
perforando oscuridades
ancestrales.
En la claridad de la chispa,
la fe es un acto de redención
que incendia el universo,
esplendor que brilla
desde la cima
de la montaña más alta.
Clareando el horizonte,
cuando fuego y luz
nacen juntos.
No hay tiniebla
que desee ser tocada
por la voluntad
de su fuerza.
Un solo rayo de luz:
manifiesto de esperanza
que anida en el pecho,
cuando el suspiro estremece
las puertas del abismo.
En el nuevo valle
que la tierra esclarecida inunda,
nada pasa desapercibido.
La bondad, divina palabra,
arraiga el sentido más honesto,
cimentando grandes muros
que harán de ti una roca
impenetrable.
Una hoja es bendecida,
como lluvia que encuentra su cauce,
transformando el reflejo
en un colectivo imperturbable.
Estrellas cercanas
irradian esperanzas
en cada destello
del cielo consumido.
A Su Santidad, el Papa Francisco,
con todo mi corazón.
Vaticano, febrero de 2025.
"Descanse en paz", concluye el autor, en un mensaje que resume el sentir de muchos fieles alrededor del mundo.