Del Espíritu de Ermua a la España de la polarización: 29 años de una política irreconocible
El secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco en julio de 1997 dejó una de las imágenes más poderosas de la historia reciente de España: millones de ciudadanos en las calles, unidos por encima de ideologías, territorios y siglas para exigir a ETA la liberación del joven concejal del Partido Popular. Veintinueve años después, aquella reacción colectiva contrasta con un país atravesado por la polarización política, la fragmentación parlamentaria y una sociedad cada vez más dividida en bloques enfrentados.
La España de 1997 tampoco era un territorio sin conflictos. José María Aznar gobernaba en minoría, el enfrentamiento entre PP y PSOE era intenso y las diferencias sobre la organización territorial o la estrategia frente al terrorismo formaban parte del debate diario. Sin embargo, el ultimátum de ETA contra Miguel Ángel Blanco logró que aquellas disputas quedaran temporalmente en segundo plano ante una amenaza que la mayoría de la sociedad identificó como intolerable.
De aquella movilización nació el denominado Espíritu de Ermua. Las concentraciones no pertenecían a un partido ni respondían a una única sensibilidad política. En las calles coincidieron votantes de izquierda y derecha, sindicatos, asociaciones, cargos institucionales y ciudadanos que nunca habían participado en una protesta. Las manos blancas y los minutos de silencio simbolizaron una respuesta democrática que contribuyó a romper parte del miedo y del aislamiento que durante años había protegido al entorno de ETA.
Casi tres décadas más tarde, el mapa político resulta difícilmente reconocible. El bipartidismo ha dejado paso a un Congreso fragmentado, los gobiernos dependen de alianzas complejas y las formaciones territoriales cuentan con una capacidad decisiva en la gobernabilidad. EH Bildu, heredera política del espacio de la izquierda abertzale, forma parte con normalidad de las instituciones y sus votos han sido relevantes para aprobar iniciativas parlamentarias, una realidad que continúa provocando rechazo entre víctimas del terrorismo y sectores que cuestionan la relación de los grandes partidos con esa formación.
Pero el cambio no afecta únicamente a los partidos. También ha cambiado la sociedad. En 1997, la televisión, la radio y la prensa concentraban el debate público y favorecían la existencia de relatos compartidos ante los grandes acontecimientos. Hoy, las redes sociales multiplican las versiones de cada hecho, aceleran la confrontación y convierten cualquier crisis en una batalla inmediata entre comunidades políticas que raramente comparten los mismos referentes.
Ese ecosistema alimenta una división permanente entre bloques y vuelve cada vez más difíciles los grandes consensos. La vivienda, la inmigración, la corrupción, la economía o la organización territorial se discuten a menudo desde posiciones cerradas, mientras el adversario político es presentado con frecuencia como una amenaza. En este contexto, resulta difícil imaginar una movilización tan transversal como la de julio de 1997, no porque España carezca hoy de capacidad de respuesta, sino porque el espacio común desde el que hacerlo parece mucho más reducido.
La comparación no obliga a idealizar el pasado. La política de los años noventa también estuvo marcada por la crispación, los escándalos y los enfrentamientos institucionales. La diferencia es que el terrorismo fijaba entonces una línea roja capaz de generar una respuesta compartida. La desaparición de ETA constituye uno de los mayores logros de la democracia, pero la memoria de sus víctimas sigue planteando preguntas incómodas sobre los límites de los pactos políticos y sobre la capacidad actual para construir acuerdos que trasciendan las siglas.
Coincidiendo con el XXIX aniversario del asesinato de Miguel Ángel Blanco, Cádiz celebra este lunes un acto en su recuerdo a las 19:30 horas en la Plaza de España. Bajo el lema “Tu legado nos compromete”, la convocatoria reivindicará la memoria, la dignidad y la justicia de las víctimas y recuperará por unas horas la imagen de un país que, frente al terror, fue capaz de reconocerse unido.
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