EDITORIAL

Silencios peligrosos en el Estrecho: cuando los grandes debates de poder ignoran al sur

Desde las orillas del Campo de Gibraltar, es difícil no sentirse atrapados entre decisiones que se toman muy lejos y que, sin embargo, podrían marcar nuestro futuro con una intensidad que apenas comenzamos a comprender. Las recientes acciones de Donald Trump frente al régimen de Nicolás Maduro en Venezuela, lejos de ser un episodio aislado en la política hemisférica, revelan un patrón que interpela también a nuestra región, desde la base de Rota hasta el peñón de Gibraltar.

La intervención militar y política que ha protagonizado Estados Unidos en Venezuela —incluyendo ataques, capturas y una presión sin precedentes sobre el país caribeño— ha sido justificada por la Casa Blanca bajo argumentos de lucha contra el narcotráfico, de protección de intereses energéticos. Pero lo que estamos viendo es, sin duda, más que eso: un regreso a una versión agresiva de la Doctrina Monroe, donde la fuerza se presenta como herramienta legítima para moldear regímenes y acceder a recursos considerados estratégicos por Washington.

Trump no se ha andado con medias tintas. Ha llegado a decir que Estados Unidos “está a cargo” de Venezuela y que la reconstrucción del país pasa por gestionar sus recursos —especialmente el petróleo— para “recuperarlo y hacerlo grande” bajo control estadounidense. Esto, más que una cruzada por la libertad, parece el repliegue de un poder que reivindica su derecho a intervenir cuando lo considera necesario, con más sordina para las normas internacionales y menos respeto por la soberanía de otros pueblos.

Y aquí entra lo que afecta directamente a los vecinos europeos. Trump ha retomado en paralelo su insistencia con Groenlandia, incluso sin descartar acciones drásticas para conseguirla bajo control estadounidense, con el argumento de que la isla es vital para la seguridad porque “barcos rusos y chinos están por todas partes”. La idea, que hace pocos años habría sonado inverosímil, ha generado rechazo entre aliados europeos como Dinamarca, que ha afirmado que Estados Unidos “no tiene derecho” a apropiarse de territorios soberanos.

¿Por qué esto debería preocuparnos en el sur de España? Porque el marco estratégico en el que se mueve Washington es el que sostiene también la presencia militar en Rota y la importancia geopolítica de enclaves como Gibraltar. No son piezas neutrales ni ornamentales en un tablero que muy pocos discuten en público. Cuando Estados Unidos decide actuar sin el respaldo claro del derecho internacional, cuando utiliza su poder militar y económico sin contrapesos efectivos, está enviando un mensaje que afecta la credibilidad del sistema multilateral, de la OTAN y de la propia seguridad europea.

Y aquí, entre Cádiz y el Estrecho, demasiadas veces se ha asumido que la cooperación transatlántica es un cheque en blanco. La base de Rota se ve como seguridad garantizada y Gibraltar como un mal resuelto, ocultando que la dependencia estratégica puede transformarse fácilmente en vulnerabilidad política. Ese silencio, esa falta de debate público, ese no cuestionar qué implica realmente estar bajo la sombra permanente de una superpotencia, es un lujo que no nos podemos permitir.

Trump denuncia autoritarismos ajenos, pero su política exterior empuja hacia un mundo donde menos reglas y más fuerza son aceptadas como norma. Desde el Caribe hasta el Ártico, y pasando por el borde sur del Mediterráneo, la nueva geopolítica exige que empecemos a hablar con voz propia. Porque el silencio, como siempre, no es neutralidad: es complicidad con quienes deciden por nosotros.

JP