Infraestructuras al límite: cuando el problema ya no es el temporal
El colapso de la A-7 no se explica solo por el mal tiempo. Es la consecuencia de haber convertido al Campo de Gibraltar en un nodo logístico de primer nivel… sin dotarlo de una red de infraestructuras acorde a esa responsabilidad.
Lo sucedido estos días entre San Roque y Algeciras obliga a ir más allá del diagnóstico inmediato. No basta con señalar que los barcos no salen y los camiones se acumulan. La pregunta de fondo es otra: ¿qué alternativas reales existen cuando el principal puerto del sur se detiene y todo el tráfico pesado queda atrapado en un espacio que no está preparado para absorberlo?
Una primera cuestión incómoda es la dependencia casi absoluta del Puerto de Algeciras como nodo logístico. ¿Tiene sentido que, ante cierres prolongados por meteorología, no exista un plan efectivo para desviar parte del tráfico a otros puertos? No se trata de restar competitividad, sino de introducir criterios de resiliencia. La concentración total del flujo convierte cualquier incidencia en un problema sistémico para todo el Campo de Gibraltar.
La solución más repetida —ensanchar la A-7— tampoco es tan sencilla como parece. Esta autovía discurre encajada entre zonas urbanas, industriales y espacios naturales. Ejecutar una gran obra supondría años de afecciones, cortes parciales y un impacto aún mayor en un corredor que ya está saturado. ¿Cómo se reforma una arteria vital sin paralizar definitivamente el territorio? Es una pregunta que nadie parece querer responder con claridad.
Y mientras tanto, hay otras vías olvidadas. La conocida como carretera de Jerez, la A-381, sigue siendo una asignatura pendiente. Es el principal enlace interior del Campo de Gibraltar con la provincia y el resto de Andalucía y, sin embargo, continúa sin adaptarse al volumen y tipología de tráfico que hoy soporta. Su modernización no es un lujo: es una necesidad estratégica para diversificar accesos y reducir la presión sobre la A-7.
El problema, en realidad, es más profundo. El Campo de Gibraltar está mal estructurado desde el punto de vista viario. Creció como un espacio industrial y portuario de enorme peso económico, pero sin una red de carreteras y accesos pensada para ese papel. Décadas después, seguimos gestionando el tráfico del siglo XXI con infraestructuras del siglo pasado, parcheando en lugar de planificar.
La ausencia de alternativas ferroviarias sólidas agrava aún más el escenario. El transporte de mercancías por tren sigue siendo residual, lento y poco competitivo. Cada camión que no puede subirse al ferrocarril es un camión más en la A-7, en los accesos urbanos, en los polígonos colapsados. Hablar de sostenibilidad y logística avanzada sin resolver este déficit suena, como mínimo, contradictorio.
Llegados a este punto, la pregunta final no es técnica, sino política e institucional. ¿No se puede hacer más o simplemente no se quiere? ¿Pesa menos el Campo de Gibraltar en las prioridades porque sus problemas se han normalizado? Cada nuevo colapso parece confirmar que la falta de soluciones ya no es coyuntural, sino estructural.
Porque el verdadero riesgo no es un atasco de dos horas. El riesgo es asumir que esto es inevitable. Y no lo es. Requiere decisiones complejas, inversiones costosas y coordinación entre administraciones, sí. Pero sobre todo requiere voluntad. Mientras esa voluntad no llegue, cada temporal seguirá desnudando una verdad incómoda: el Campo de Gibraltar sostiene mucho más de lo que sus carreteras pueden aguantar.