María Aguilar, psicóloga de El Diván de Eva: “No es la tecnología la que educa, sino la presencia emocional de los padres”
El reciente suceso ocurrido en Algeciras, protagonizado por menores de apenas 11 y 12 años, ha despertado una profunda inquietud social y un debate abierto entre familias, docentes y profesionales de la salud mental del Campo de Gibraltar. Lo que parecía un hecho aislado ha puesto de relieve un problema mucho más complejo: la pérdida progresiva de la empatía y del autocontrol en edades cada vez más tempranas.
Desde el Centro de Psicología El Diván de Eva, en pleno corazón de Algeciras, la psicóloga María Aguilar aborda con serenidad y contundencia las raíces de un fenómeno que trasciende los titulares. “Cuando vemos comportamientos tan extremos en niños de esta edad, lo primero que hay que entender es que detrás puede haber problemas de regulación emocional, falta de límites claros o una normalización de la violencia en su entorno cotidiano”, explica.
Aguilar insiste en que el objetivo no debe ser buscar culpables, sino comprender los factores que pueden desembocar en conductas tan graves. “No se trata de justificar lo ocurrido, sino de analizar el contexto para evitar que vuelva a repetirse. La prevención comienza en casa, con atención, límites y afecto”, subraya.
La tecnología, un espejo sin control
Uno de los aspectos más señalados por la especialista es el papel de la tecnología y los contenidos digitales en el desarrollo emocional de los menores. “Internet no tiene la culpa de todo —aclara—, pero sí puede convertirse en un agravante cuando el niño carece de educación emocional o de acompañamiento adulto. Si a los seis años ya tiene un móvil con acceso ilimitado a vídeos violentos, lo estamos exponiendo a un mundo para el que no está preparado”.
Según Aguilar, el exceso de estímulos digitales afecta a varios niveles: desde la atención y la creatividad hasta la capacidad para tolerar la frustración o resolver conflictos de forma saludable. “Estamos criando niños hiperestimulados, pero emocionalmente desentrenados. Ni saben aburrirse ni saben perder. Y cuando el entorno no regula, el niño desborda”, advierte.
La educación emocional, el pilar olvidado
La psicóloga recuerda que “un bebé nace indefenso, y lo que le hace desarrollar empatía y autocontrol no es la genética, sino el vínculo de apego, la atención y los cuidados que recibe”. En ese sentido, insiste en que los primeros años de vida son determinantes. “Ahí se siembra todo: la seguridad, la autoestima, la capacidad para ponerse en el lugar del otro. Si el entorno falla o si predomina el castigo sobre la comprensión, ese niño puede crecer sin herramientas para manejar sus emociones”.
Aguilar considera que la sociedad ha pasado de una educación rígida, basada en el miedo y la obediencia, a otra más permisiva, que en algunos casos roza la ausencia de autoridad. “Ni el autoritarismo ni la permisividad educan. Los niños necesitan límites firmes, coherentes y explicados. Y sobre todo, necesitan adultos presentes, no sustituidos por pantallas”.
La profesional subraya la importancia del refuerzo positivo frente al castigo. “Cuando un niño hace algo bien y no se lo decimos, perdemos una oportunidad de educar. No se trata de sobreproteger, sino de reconocer los avances. La autoestima y la empatía se construyen así, desde la mirada y el acompañamiento”, añade.
Padres desbordados, adolescentes confundidos
Aguilar reconoce que muchos padres llegan hoy a consulta desbordados, sin saber cómo actuar ante conductas desafiantes o cambios de humor repentinos en sus hijos. “Los padres también necesitan apoyo y orientación. Educar no es fácil en una sociedad que cambia tan rápido, donde las normas sociales y los valores parecen diluirse entre las redes sociales y los modelos de éxito inmediato”, explica.
En este contexto, la psicóloga recalca que no basta con delegar en la escuela o en los terapeutas. “El sistema educativo está haciendo un esfuerzo enorme por incorporar la educación emocional y la convivencia en valores, pero el trabajo principal debe nacer en el hogar. Si los cimientos familiares son sólidos, el resto fluye”.
Una llamada a la prevención
El mensaje de Aguilar, dirigido a padres, docentes y a la sociedad en general, es claro: detectar, acompañar y actuar. “Si observamos señales como conductas violentas, falta de empatía, aislamiento o obsesión por contenidos agresivos, no debemos mirar hacia otro lado. La ayuda profesional existe y está al alcance de todos. Puede ser solo una fase, pero si no se aborda a tiempo, se cronifica”, advierte.
La psicóloga concluye con un recordatorio esperanzador: “Todavía nos impactan estas noticias, y eso significa que no hemos perdido la sensibilidad. Mientras sigamos conmoviéndonos, hay esperanza. Pero no basta con lamentarnos: hay que implicarse”.
Desde su consulta en El Diván de Eva, María Aguilar y su equipo insisten en que la presencia emocional de los padres sigue siendo el mejor antídoto frente a la deshumanización que puede generar un mundo hiperconectado. “La educación en valores —dice— no se enseña con WiFi ni con pantallas, sino con tiempo, escucha y amor”.